domingo, 30 de junio de 2013

De repente lo entendí


Y, entonces entendí que la vida es solo una. Que si no aprendes a vivirla, difícilmente sabrás lo que es estar muerto. Que por más despacio que camines, el destino siempre te encuentra y aunque corras huyendo de tus miedos, ellos siempre te alcanzan; y entonces entendí que el secreto no está en huir de ellos, sino en aprender a enfrentarlos aceptando lo que traen consigo.

Entendí que lo único que puedes reprocharte es no haber luchado por tus sueños y que, en ocasiones, se vale morir en el intento.

Entendí que el agradecimiento es una muestra de humildad y que reconocer los errores siempre será una lección de aprendizaje. Que los amigos son incondicionales y que siempre se debe tener una reserva de afecto para aquellos que más lo necesitan.

Entonces, entendí que cuando entregas el corazón, lo entregas por completo, porque las cosas a medias, son cosas incompletas y que justo, en el punto exacto en que el corazón ya no es tuyo, sabes lo que es ser verdaderamente feliz.

Entendí que hasta el sol quema si recibes demasiado. Que la vida no te niega nada, sólo te pide que esperes un poco más. 

Entendí que el sabor de la derrota sólo sazona el sabor de la victoria y que las satisfacciones comienzan por uno mismo. Entendí que cada persona tiene su propio lugar en el mundo y ese lugar, es especial. Entendí que los detalles son muestra de cariño y que un pequeño saludo, puede cambiar el día de cualquiera. Entendí que hay cosas con las que no se juega y muchas otras que no se deben tomar tan en serio. 

Que el resultado siempre dependerá de las expectativas que tengamos sobre nuestra realidad y que ser feliz, en verdad no cuesta nada.

Esto, es sólo el trailer de la película que está por comenzar. 


miércoles, 10 de octubre de 2012

Feliz Cumpleaños!

sábado, 11 de agosto de 2012

El amigo imaginario de mi amigo imaginario...


Siempre ha sido muy simpático.  Cuando lo conocí, llegó sin avisar. Cuando me di cuenta, ya estaba sentado junto a mi, comiendo un pedazo de bambú. Me miró con sus ojos grandes y cafés. Parecía que podía leer mi mente. Es un tipo inteligente. Nos hicimos amigos rápidamente. Él me entendía perfecto y yo, amaba su compañía. De pronto, un día, ya me acompañaba a todas partes. Íbamos juntos a la escuela, leíamos, contábamos historias de personas falsas y las desilusiones eran menos dolorosas si estábamos juntos. Mis secretos no tenían un lugar más seguro que él. Hay personas que no lo entienden, se hacen como que no lo ven, pero en realidad, él siempre está ahí. A veces duerme, a veces come, pero siempre sabe qué decir. Me escucha cuando yo misma deseo ignorarme y lo escucho mientras él duerme. Le gusta cantar mientras yo manejo y a mi me gusta verlo brincar cuando enloquezco. Definitivamente es quien mejor me conoce y yo, no dejo de sorprenderme por todo lo que puede hacer por mi. Su nombre, Camilo.

Una noche, mientras yo dormía, escuché voces. Era un susurro tan poco medido, que logró despertarme. Camilo no se dio cuenta que yo estaba despierta. La distracción es algo que tenemos en común. Parecía como si estuviera hablando con alguien, pero en la oscuridad casi no podía ver. Traté de escuchar lo que decía, pero él hablaba tan rápido y exaltado que no podía entender sus palabras. Movía sus manitas como tratando de entender lo que pensaba y yo me quedaba quieta para que él no se diera cuenta de mi presencia. Me levanté poco a poco, tratando de no hacer ruido para poder ver con quién hablaba. Justo cuando estaba por pisar el suelo con los pies descalzos, Camilo volteó rápidamente hacia mí con esa cara de susto que hace cuando nos sorprenden en una fechoría. Conozco bien esa carita. Él se tiró al suelo y no quiso hablar. Yo tampoco insistí. Se metió debajo de mi cama y no quiso salir en tres días seguidos. Lo único que hice fue darle bambú para alegar un poco su corazón.

Una semana después, el mismo susurro me despertó de nuevo. Pero entre la oscuridad no podía ver qué estaba sucediendo. Camilo se quedó en silencio y no dijo nada más en toda la noche.

Comenzaron a suceder cosas muy extrañas que poco a poco fueron perdiendo sentido. Por ejemplo, que en mi cuarto desaparecían ciertos objetos de valor que yo no recordaba haber perdido. No creía capaz a Camilo de tomar lo que no era suyo.

Las pláticas nocturnas de Camilo con su “no sé quién”, se hicieron cada vez más frecuentes. Me despertaba y él se escondía. Era un cuento de nunca acabar.

Un día, Camilo me dijo que tenía que alejarse por un tiempo, que las cosas se estaban complicando y que quería pasar algunos días solo para pensar. Y yo me dije a mi misma: ¿Cómo es posible que tu amigo imaginario quiera salir de tu imaginación? Porque una vez fuera, pues ya no podría saber cómo era su mundo, o en dónde pasaría las noches o con quién viajaría todos los días. Pero yo no podía negárselo, total, hasta él es dueño de sí mismo. No me quedó de otra más que decirle que sí y desearle buena suerte. Lo bueno es que mi pequeño amigo mantuvo comunicación conmigo, por aquella ya famosa red social, Twitter, así que aún podía saber todo lo que hacía. Las ventajas de la era moderna y tecnológica. (Me permiten saber hasta lo que hace mi amigo imaginario). Sus pequeños mensajes eran cortos y confusos. Ni siquiera yo podía imaginar lo que sucedía con él. Definitivamente, eso era algo grave.

Los días pasaron, Camilo no quería volver todavía y yo, en las noches, dormía tranquila sin ruidos que me desconcertaran a la mitad de la noche.

Pero de pronto, una noche, los susurros volvieron. Pero ahora ya no eran de reclamos, eran de llanto. Alguien, a la mitad de la noche, en un rincón de mi cuarto, lloraba sin parar. Desperté asustada. No sabía quién estaba ahí, llorando por algo que no sé bien qué es. Al principio creí que era Camilo, pero recordé que él me había dejado bien claro que no regresaría en un buen tiempo. Así que me levanté despacio, de puntillas para no hacer mucho ruido y espantar a, quien desconsoladamente, lloraba. Con precaución prendí la luz, y ahí estaba. Una pequeña criatura que para nada, era de mi imaginación. Detrás de la puerta de mi recámara, se hallaba la imaginación de alguien, que se había perdido en mi vida y que ahora estaba dañada. Me acerqué con tranquilidad para no ahuyentarla. Vi que entre sus manos, cargaba una pequeña bolsa café. Me senté a su lado y la abracé. Los abrazos nunca se niegan, ni siquiera a desconocidos, porque nunca se sabe cuándo será el momento en que nosotros necesitemos alguno.

Le pedí que dejara de llorar y me explicara quién era y porqué lloraba de esa manera. Poco a poco regresó el aliento y tartamudeando trataba de explicarme cómo era que había llegado hasta ahí. Después de palabras más, palabras menos, el pequeño ser me contó que tenía un amigo que ya no quiso ser más su amigo, por razones ajenas a ellos, pero que lo extrañaba y en ningún momento había querido alejarlo. Mi mete se llenaba de confusión, pero intentaba no presionarlo. Me contó todo eso que hacían juntos, y al parecer eran inseparables. De hecho, él sabía que su amigo tenía una amiga a la que acompañaba a todas partes; una amiga que era su cómplice y a la que conocía como la palma de su mano. En ocasiones se sentía celoso de esa amiga, pero entendía que hasta en la imaginación, existen límites. Poco a poco, fui deduciendo que el amigo de quien tanto hablaba y al que tanto extrañaba, era también mi amigo: Camilo. La noche en que desperté por los susurros, eran ellos dos discutiendo por lo que hasta en ese momento, no sabía qué era.
El pequeño estiró las manos y me enseñó la bolsa que traía consigo, explicándome que todas las cosas que guardaba en ella, eran obsequios que Camilo le había dado. Cuando saqué uno por uno los objetos, me di cuenta que todos esos objetos, eran cosas que habían desaparecido de mi recámara: un collar, una lámpara, mis zapatos favoritos, medicinas, libros, recortes de revistas, una estrella de mar, entre muchas otras cosas más.
Todo comenzaba a tener un poco más de sentido. Todas las cosas que yo no había perdido y que habían desaparecido, Camilo las había regalado a alguien más. Eran cosas que significaban mucho para mi y que curiosamente, todas habían sido obsequios de alguien más. Cuando recordé que no cualquiera podía ver a Camilo, pero que este pequeño ser había pasado más tiempo con él que yo, sólo pude concluir que él también era producto de la imaginación de alguien más. De ese alguien que alguna vez me había regalado todo eso y que aún se acordaba de mi. ¡Wow, es increíble lo que la imaginación puede hacer!.

Después de revisar las cosas, le pregunté si quería sentarse en mi cama para platicar. Aceptó, pero curiosamente no me dejó prender la luz, únicamente una pequeña lámpara que me ayudó a descubrir quién era en realidad. Resultó que ese pequeño ser no era pequeño, si no pequeña, y que también le gustaba el bambú. Era una preciosa bola de pelos, con unos enormes ojos negros. Supe que no era niño, por los moños rojos en sus pequeñas orejas. Realmente era hermosa y curiosa a la vez. Me pidió un poco de agua y su mirada se iluminó cuando le ofrecí un Duvalín.

Un poco más calmada, me contó que se llamaba Gala y que realmente no sabía cómo había llegado hasta mi recámara y que no sabía cómo regresar a su hogar después de no encontrar a Camilo. Le pregunté cómo lo había conocido y me contó una pequeña historia de dos amigos imaginarios, que sin darse cuenta se encontraron de repente. O algo así le entendí.

Le pregunté porqué lloraba detrás de mi puerta y de inmediato cerró su boquita y me miró con ternura y desconfianza. Le expliqué que no tenía nada qué temer y que lo único que quería era ayudarla a regresar a su hogar. Ella me respondió que no quería regresar, lo único que quería era ver de nuevo a Camilo.
“Me encantaría traerlo de nuevo, pero la verdad no sé cómo hacer que regrese. Mi propio amigo imaginario quiso alejarse de mi por un tiempo, y hasta que él no quiera, no puedo hacerlo regresar. Lo siento”, le dije en voz baja, mientras acariciaba su pequeña cabeza. Se le llenaron sus ojos de lágrimas y otra vez, comenzó a llorar. Yo ya no quería que llorara. Después de cercar sus lágrimas, se tranquilizó y me explicó lo que había sucedido entre ellos.

Al parecer Camilo había encontrado a alguien con quien la pasaba mejor que conmigo y no sabía cómo decírmelo. Se supone que los amigos imaginarios son incondicionales, no te dejan así nada más. Y él sentía culpa de pensar en mi, cuando me dijera que estaba mejor con alguien más. Gala me contaba desde el día de su encuentro, hasta los momentos lindos que habían pasado juntos. Pude deducir que mi pequeño amigo imaginario se había enamorado. Pero, ¿por qué no contarme de ella? ¿A caso pensó que lo pondría a escoger entre ella y yo? Qué ridículo. En fin, a partir de ese momento, tendríamos que pensar en un plan que lo hiciera regresar. Convencerlo de que en ningún lugar estaría mejor que en su hogar, sin decirle que yo ya sabía todo. Empezamos a dar ideas al azar, hablarle, ignorarlo, dejarle huellas de bambú que lo guiaran a casa o mentirle para que volviera. Justo cuando estábamos formando el plan perfecto, se escuchó un ruido como si muchas cosas a la vez se cayeran. Algo sucedía dentro de mi clóset. Despacio nos acercamos hacia él y cuando abrí la puerta rápidamente, ahí estaba él con toda la ropa encima. Camilo había regresado y no sólo eso, sino que llevaba horas escuchándonos hablar. Después del susto, nos empezamos a reír y senté a ambos en mi cama.

Avergonzado, Camilo me pidió perdón por no haber sido franco conmigo y por haber desaparecido sin decir las razones. Por mi no había ningún problema, me alegraba tenerlo de regreso conmigo.
Sin embargo, aún había una disyuntiva: qué pasaría de ahora en adelante, ahora que yo ya sabía toda la verdad.
En realidad no había muchas opciones, Camilo siempre había sido mi amigo y no estaba dispuesta a perderlo así nada más, pero tampoco podía darle elegir entre nuestra amistad y su amor con Gala. Les propuse que se quedaran los dos. Sabía que mi imaginación era lo suficientemente “volátil”, para que ambos pudieran existir juntos y entre los tres, empezar una nueva vida. Emocionados comenzaron a gritar y correr por todo mi cuarto. Era una emoción que no podía controlar.

Desde entonces Camilo dejó de ser uno para convertirnos en tres. A veces prefieren quedarse solos y eso lo prefiero yo también, pero no cabe duda que cuando los tres andamos juntos, no hay nadie que nos detenga. Gala se ha ido de vacaciones por ahora, tuvo que regresar a su hogar pues al parecer, su dueño ha estado un tanto solo. No lo culpo, a veces cuando uno vive con la soledad es cuando menos solo quiere estar. Regresará en un par de días y mientras está fuera, Camilo está al tanto de sus días a través de ese medio de comunicación moderno, llamado Twitter. Él y yo nos unimos más y en los días por venir, estaremos más juntos que nunca. 

You see the smile that's on my mouth
Is hiding the words that don't come out
And all of my friends who think that I'm blessed
They don't know my head is a mess
No, they don't know who I really am
And they don't know what I've been through like you do
And I was made for you...

lunes, 10 de octubre de 2011

¡Feliz Cumpleaños!

domingo, 9 de octubre de 2011

Cuentos de hadas.



Las buenas historias se escribieron para reemplazar las realidades inaceptables. Cuando uno ve esas historias de amor en las películas, sueña con tener esa misma experiencia en la vida real y cuando ese sueño dorado no se cumple tal y como le sucede a las grandes estrellas, sentimos que simplemente el amor no existe.
Yo era de esas. Creía que el amor verdadero existía sin condiciones ni ataduras. Que existía un cuento de hadas hecho a mi medida, en el que lo único que faltaba éramos yo y mi príncipe azul. Creo que por eso existen tantas decepciones amorosas. Las personas creen que los cuentos de hadas se escriben solos y que inevitablemente uno llegará al suyo y no tendrá que mover un solo dedo, pues el destino se encargará del resto. Eso no es cierto. Si algo he aprendido es que si quieres un cuento rosa, tú mismo tienes que escribirlo. No esperes a que el destino te envíe a tu príncipe azul, ni le eches la culpa si éste nunca llega. No debes dejar de creer en el amor, sólo porque tu historia no es como lo viste en las películas o porque no es como te dijo Walt Disney que así debía ser. Las historias de amor son para crearse, para vivirse. Te topas con decenas de personas en las que crees haber encontrado el verdadero amor, y en tu cabeza dices "éste (a) sí es el bueno", sólo porque sientes mariposas cuando lo ves. El amor no son mariposas. Y cuando descubres que no es como quisieras que fuera, te decepecionas porque el destino no hizo lo que tú querías que hiciera. Te aviso algo: el destino actúa por sí mismo, no esperes que haga lo que tú quieres que suceda. Entonces no sería destino, si no capricho tuyo. Y los caprichos se pueden hacer en cualquier momento, el destino sólo actúa una vez en la vida. Comprende, hay cosas que no fueron hechas para ti y lo mismo pasa con las personas. Simplemente hay seres humanos con los que nos encontramos alguna vez pero en sus destinos, nosotros sólo aparecemos por un momento. No te aferres al destino de alguien más, si no estás contemplado desde el principio. Creéme, por más que quieras permanecer por el resto de su vida, no podrás hacerlo si en su destino no apareces. Sigue adelante, sigue buscando esa casualidad de tu vida que te ayude a escribir tu propio cuento de hadas. Además, si lo escribes tú, será mucho mejor porque al final de tus días, te sentirás satisfecho de haber hecho lo que debías y no lo que era mejor para los demás.
El amor sí existe, pero para comprobarlo tienes que ser tú quien escriba cada renglón. No esperes un cuento ya escrito, porque entonces ya no habrá emoción. No te desilusiones si crees que la vida ya no tiene nada para ti. Recuerda que los mejores momentos se crean cuando menos lo esperamos. Manten bien abiertos los ojos y siempre lleva una pluma y papel contigo.. uno nunca sabe cuando se está en frente de la mejor casualidad de su vida.
Por cierto... aún sigo creyendo en ellos.

domingo, 3 de julio de 2011

Llena de recuerdos



Atreverme a regalar todos esos objetos que marcaron mi infancia, no fue fácil.
Siempre me rehusé a la idea de deshacerme de todo aquello que alguna vez me hizo feliz: mis juguetes. Ellos me regalaron momentos de diversión, ternura, emoción y alegría, pero hoy son sólo objetos que ocupan un espacio en el armario. No me gustaba la idea de hacerlos a un lado después de haber sido tan generosos conmigo, pero me di cuenta que lo único que estaba logrando, era llenarme de recuerdos. Y ya no quiero más recuerdos.
Es cierto que recordar es volver a vivir, pero el problema se torna grave cuando dejas de vivir por aferrarte a esos recuerdos. La vida no volverá a ser cómo antes fue y los objetos sólo te recuerdan cuán feliz fuiste y jamás volverás a ser. Porque aunque en la vida tengamos muchos momentos felices, la infancia es una etapa en la que la felicidad es pura, sincera, sin materialismos, ni hipocresías. Es una felicidad que jamás volverás a experimentar.
Así que me armé de valor y saqué de esos cajones, todos aquellos juguetes que una vez me hicieron tan feliz. No es que ya no los quiera o que ya no me gusten, pero ya no quiero vivir recordando, es necesario seguir adelante y saber que el tiempo no perdona y si no caminamos hoy, mañana podría ser demasiado tarde.
Así que agarré una caja y casi con los ojos cerrados, saqué uno por uno. Tratando de no recordar lo que había vivido con ellos. ¡Qué difícil fue! Pero tenía que hacerlo antes de que ellos me comieran viva.
No digo que no me fue complicado, pero una parte de mi no se arrepiente. Cada vez que intentaba hacerlo, mi corazón me decía "no lo hagas, son tus recuerdos", pero mi mente gritaba "basta, estás llena de recuerdos".
Así que me decidí. Sé que ellos harán feliz a alguien más, a final de cuentas, esa es la función principal de un juguete: hacer feliz a un niño, sin importar quién sea.
Llegarán a manos de alguien más e igual que como hicieron conmigo, harán de la infancia de alguien, la más feliz de todas.

Aunque debo confesar que no pude deshacerme de todos... siempre es bueno tener un recuerdo en el corazón.