Siempre
ha sido muy simpático. Cuando lo conocí,
llegó sin avisar. Cuando me di cuenta, ya estaba sentado junto a mi, comiendo
un pedazo de bambú. Me miró con sus ojos grandes y cafés. Parecía que podía
leer mi mente. Es un tipo inteligente. Nos hicimos amigos rápidamente. Él me
entendía perfecto y yo, amaba su compañía. De pronto, un día, ya me acompañaba
a todas partes. Íbamos juntos a la escuela, leíamos, contábamos historias de
personas falsas y las desilusiones eran menos dolorosas si estábamos juntos.
Mis secretos no tenían un lugar más seguro que él. Hay personas que no lo
entienden, se hacen como que no lo ven, pero en realidad, él siempre está ahí.
A veces duerme, a veces come, pero siempre sabe qué decir. Me escucha cuando yo
misma deseo ignorarme y lo escucho mientras él duerme. Le gusta cantar mientras
yo manejo y a mi me gusta verlo brincar cuando enloquezco. Definitivamente es
quien mejor me conoce y yo, no dejo de sorprenderme por todo lo que puede hacer
por mi. Su nombre, Camilo.
Una
noche, mientras yo dormía, escuché voces. Era un susurro tan poco medido, que
logró despertarme. Camilo no se dio cuenta que yo estaba despierta. La
distracción es algo que tenemos en común. Parecía como si estuviera hablando
con alguien, pero en la oscuridad casi no podía ver. Traté de escuchar lo que
decía, pero él hablaba tan rápido y exaltado que no podía entender sus
palabras. Movía sus manitas como tratando de entender lo que pensaba y yo me
quedaba quieta para que él no se diera cuenta de mi presencia. Me levanté poco
a poco, tratando de no hacer ruido para poder ver con quién hablaba. Justo
cuando estaba por pisar el suelo con los pies descalzos, Camilo volteó
rápidamente hacia mí con esa cara de susto que hace cuando nos sorprenden en
una fechoría. Conozco bien esa carita. Él se tiró al suelo y no quiso hablar.
Yo tampoco insistí. Se metió debajo de mi cama y no quiso salir en tres días
seguidos. Lo único que hice fue darle bambú para alegar un poco su corazón.
Una
semana después, el mismo susurro me despertó de nuevo. Pero entre la oscuridad
no podía ver qué estaba sucediendo. Camilo se quedó en silencio y no dijo nada
más en toda la noche.
Comenzaron
a suceder cosas muy extrañas que poco a poco fueron perdiendo sentido. Por
ejemplo, que en mi cuarto desaparecían ciertos objetos de valor que yo no
recordaba haber perdido. No creía capaz a Camilo de tomar lo que no era suyo.
Las
pláticas nocturnas de Camilo con su “no sé quién”, se hicieron cada vez más
frecuentes. Me despertaba y él se escondía. Era un cuento de nunca acabar.
Un
día, Camilo me dijo que tenía que alejarse por un tiempo, que las cosas se
estaban complicando y que quería pasar algunos días solo para pensar. Y yo me
dije a mi misma: ¿Cómo es posible que tu amigo imaginario quiera salir de tu
imaginación? Porque una vez fuera, pues ya no podría saber cómo era su mundo, o
en dónde pasaría las noches o con quién viajaría todos los días. Pero yo no
podía negárselo, total, hasta él es dueño de sí mismo. No me quedó de otra más
que decirle que sí y desearle buena suerte. Lo bueno es que mi pequeño amigo
mantuvo comunicación conmigo, por aquella ya famosa red social, Twitter, así
que aún podía saber todo lo que hacía. Las ventajas de la era moderna y
tecnológica. (Me permiten saber hasta lo que hace mi amigo imaginario). Sus
pequeños mensajes eran cortos y confusos. Ni siquiera yo podía imaginar lo que
sucedía con él. Definitivamente, eso era algo grave.
Los
días pasaron, Camilo no quería volver todavía y yo, en las noches, dormía
tranquila sin ruidos que me desconcertaran a la mitad de la noche.
Pero
de pronto, una noche, los susurros volvieron. Pero ahora ya no eran de
reclamos, eran de llanto. Alguien, a la mitad de la noche, en un rincón de mi
cuarto, lloraba sin parar. Desperté asustada. No sabía quién estaba ahí,
llorando por algo que no sé bien qué es. Al principio creí que era Camilo, pero
recordé que él me había dejado bien claro que no regresaría en un buen tiempo.
Así que me levanté despacio, de puntillas para no hacer mucho ruido y espantar
a, quien desconsoladamente, lloraba. Con precaución prendí la luz, y ahí
estaba. Una pequeña criatura que para nada, era de mi imaginación. Detrás de la
puerta de mi recámara, se hallaba la imaginación de alguien, que se había
perdido en mi vida y que ahora estaba dañada. Me acerqué con tranquilidad para
no ahuyentarla. Vi que entre sus manos, cargaba una pequeña bolsa café. Me
senté a su lado y la abracé. Los abrazos nunca se niegan, ni siquiera a
desconocidos, porque nunca se sabe cuándo será el momento en que nosotros
necesitemos alguno.
Le
pedí que dejara de llorar y me explicara quién era y porqué lloraba de esa
manera. Poco a poco regresó el aliento y tartamudeando trataba de explicarme
cómo era que había llegado hasta ahí. Después de palabras más, palabras menos,
el pequeño ser me contó que tenía un amigo que ya no quiso ser más su amigo,
por razones ajenas a ellos, pero que lo extrañaba y en ningún momento había
querido alejarlo. Mi mete se llenaba de confusión, pero intentaba no presionarlo.
Me contó todo eso que hacían juntos, y al parecer eran inseparables. De hecho,
él sabía que su amigo tenía una amiga a la que acompañaba a todas partes; una
amiga que era su cómplice y a la que conocía como la palma de su mano. En
ocasiones se sentía celoso de esa amiga, pero entendía que hasta en la
imaginación, existen límites. Poco a poco, fui deduciendo que el amigo de quien
tanto hablaba y al que tanto extrañaba, era también mi amigo: Camilo. La noche
en que desperté por los susurros, eran ellos dos discutiendo por lo que hasta
en ese momento, no sabía qué era.
El
pequeño estiró las manos y me enseñó la bolsa que traía consigo, explicándome
que todas las cosas que guardaba en ella, eran obsequios que Camilo le había
dado. Cuando saqué uno por uno los objetos, me di cuenta que todos esos
objetos, eran cosas que habían desaparecido de mi recámara: un collar, una
lámpara, mis zapatos favoritos, medicinas, libros, recortes de revistas, una
estrella de mar, entre muchas otras cosas más.
Todo
comenzaba a tener un poco más de sentido. Todas las cosas que yo no había
perdido y que habían desaparecido, Camilo las había regalado a alguien más.
Eran cosas que significaban mucho para mi y que curiosamente, todas habían sido
obsequios de alguien más. Cuando recordé que no cualquiera podía ver a Camilo,
pero que este pequeño ser había pasado más tiempo con él que yo, sólo pude
concluir que él también era producto de la imaginación de alguien más. De ese
alguien que alguna vez me había regalado todo eso y que aún se acordaba de mi.
¡Wow, es increíble lo que la imaginación puede hacer!.
Después
de revisar las cosas, le pregunté si quería sentarse en mi cama para platicar.
Aceptó, pero curiosamente no me dejó prender la luz, únicamente una pequeña
lámpara que me ayudó a descubrir quién era en realidad. Resultó que ese pequeño
ser no era pequeño, si no pequeña, y que también le gustaba el bambú. Era una
preciosa bola de pelos, con unos enormes ojos negros. Supe que no era niño, por
los moños rojos en sus pequeñas orejas. Realmente era hermosa y curiosa a la
vez. Me pidió un poco de agua y su mirada se iluminó cuando le ofrecí un
Duvalín.
Un
poco más calmada, me contó que se llamaba Gala y que realmente no sabía cómo
había llegado hasta mi recámara y que no sabía cómo regresar a su hogar después
de no encontrar a Camilo. Le pregunté cómo lo había conocido y me contó una
pequeña historia de dos amigos imaginarios, que sin darse cuenta se encontraron
de repente. O algo así le entendí.
Le
pregunté porqué lloraba detrás de mi puerta y de inmediato cerró su boquita y
me miró con ternura y desconfianza. Le expliqué que no tenía nada qué temer y
que lo único que quería era ayudarla a regresar a su hogar. Ella me respondió
que no quería regresar, lo único que quería era ver de nuevo a Camilo.
“Me
encantaría traerlo de nuevo, pero la verdad no sé cómo hacer que regrese. Mi
propio amigo imaginario quiso alejarse de mi por un tiempo, y hasta que él no
quiera, no puedo hacerlo regresar. Lo siento”, le dije en voz baja, mientras acariciaba
su pequeña cabeza. Se le llenaron sus ojos de lágrimas y otra vez, comenzó a
llorar. Yo ya no quería que llorara. Después de cercar sus lágrimas, se
tranquilizó y me explicó lo que había sucedido entre ellos.
Al
parecer Camilo había encontrado a alguien con quien la pasaba mejor que conmigo
y no sabía cómo decírmelo. Se supone que los amigos imaginarios son
incondicionales, no te dejan así nada más. Y él sentía culpa de pensar en mi,
cuando me dijera que estaba mejor con alguien más. Gala me contaba desde el día
de su encuentro, hasta los momentos lindos que habían pasado juntos. Pude
deducir que mi pequeño amigo imaginario se había enamorado. Pero, ¿por qué no
contarme de ella? ¿A caso pensó que lo pondría a escoger entre ella y yo? Qué
ridículo. En fin, a partir de ese momento, tendríamos que pensar en un plan que
lo hiciera regresar. Convencerlo de que en ningún lugar estaría mejor que en su
hogar, sin decirle que yo ya sabía todo. Empezamos a dar ideas al azar,
hablarle, ignorarlo, dejarle huellas de bambú que lo guiaran a casa o mentirle
para que volviera. Justo cuando estábamos formando el plan perfecto, se escuchó
un ruido como si muchas cosas a la vez se cayeran. Algo sucedía dentro de mi
clóset. Despacio nos acercamos hacia él y cuando abrí la puerta rápidamente,
ahí estaba él con toda la ropa encima. Camilo había regresado y no sólo eso,
sino que llevaba horas escuchándonos hablar. Después del susto, nos empezamos a
reír y senté a ambos en mi cama.
Avergonzado,
Camilo me pidió perdón por no haber sido franco conmigo y por haber
desaparecido sin decir las razones. Por mi no había ningún problema, me
alegraba tenerlo de regreso conmigo.
Sin
embargo, aún había una disyuntiva: qué pasaría de ahora en adelante, ahora que
yo ya sabía toda la verdad.
En
realidad no había muchas opciones, Camilo siempre había sido mi amigo y no
estaba dispuesta a perderlo así nada más, pero tampoco podía darle elegir entre
nuestra amistad y su amor con Gala. Les propuse que se quedaran los dos. Sabía
que mi imaginación era lo suficientemente “volátil”, para que ambos pudieran
existir juntos y entre los tres, empezar una nueva vida. Emocionados comenzaron
a gritar y correr por todo mi cuarto. Era una emoción que no podía controlar.
Desde
entonces Camilo dejó de ser uno para convertirnos en tres. A veces prefieren
quedarse solos y eso lo prefiero yo también, pero no cabe duda que cuando los
tres andamos juntos, no hay nadie que nos detenga. Gala se ha ido de vacaciones
por ahora, tuvo que regresar a su hogar pues al parecer, su dueño ha estado un
tanto solo. No lo culpo, a veces cuando uno vive con la soledad es cuando menos
solo quiere estar. Regresará en un par de días y mientras está fuera, Camilo
está al tanto de sus días a través de ese medio de comunicación moderno,
llamado Twitter. Él y yo nos unimos más y en los días por venir, estaremos más
juntos que nunca.
No hay comentarios:
Publicar un comentario