El tiempo ha pasado y hoy, las cosas ya no son como solían ser...
Los días que transcurren, son inevitables. Todos tenemos que crecer y aprender a dejar atrás todo aquello que llamábamos 'costumbre'.
No es que ya no tenga el tiempo de ayer, es que justo todos esos momentos están en mi y hoy, me hacen recordar en todo lo que alguna vez tuve, y que poco a poco, voy perdiendo. Sin embargo es una pérdida que tarde o temprano llegaría y que se convierte en nuevas experiencias y nuevos retos que debo enfrentar día tras día.
Hoy recordé cuando mis papás me recogían de cualquier lugar. Sentarme en el asiento de atrás del coche, me hacía sentir una felicidad convertida en seguridad. El camino
nunca era corto y observar la vida pasar, a través de la ventana, me hacia
imaginar y pensar en cosas que hoy, ya casi no recuerdo. Y sin embargo, sigo siendo la misma persona, aunque lo que hago, haya cambiado por completo.
Hace poco escuché que no es bueno guardar todos los objetos que alguna vez tuvimos, ya que de alguna forma, es querer aferrarte a todo aquello que alguna vez tuviste y que muy en el fondo, niegas haber perdido. Pero cuando tomas el valor de tirar todo a la basura, viene a tu mente ese recuerdo de lo que representa ese objeto para ti, y vuelves a colocarlo en algún lugar especial... aunque no siempre te acuerdes de él. Y son todas esas cosas, las que te han formado y lo que hacen que hoy seas lo que eres, bien
o mal.
A veces imagino cómo sería la vida sin espejos. Todos los días, lo primero que hacemos normalmente, es mirarnos en el espejo; y sin saberlo, estamos frente a una persona distinta a la de ayer, porque cada minuto que pasa, hace que cambiemos. Es increíble que todos los días te pares frente al mismo espejo, y simplemente un día ya no eres aquel niño chimuelo, que descubrió el color de sus ojos. Te das cuenta que has cambiado por completo y que sin darte cuenta, has visto pasar ese cambio todos los días de tu vida. Y el golpe viene cuando te das cuenta de que has cambiado por completo, que las personas de ayer, se han ido y que al final tú fuiste el único que permaneció ahí siempre, junto a ti. Te das cuenta de la ropa que ya no usas, de las cosas que has dejado de hacer y de las pruebas que tuviste que enfrentar para aprender a crecer.
E inevitablemente llega esa nostalgia que sólo por un momento, hace que desees poder retroceder el tiempo, aunque sepas que nada volverá a ser como algún día lo fue. Esa nostalgia que te pesa en el alma y que te hace sentir cada parte del cuerpo que ni siquiera sabías que existía. Es una nostalgia que abusa de la memoria, que sobrepasa el tiempo y no respeta los límites de los demás sentimientos. Una nostalgia que hace que lo único que quieras sea sentarte a llorar y a pensar en qué momento, en qué lugar, se quedó todo aquello que te hacía profundamente feliz, la infancia. Y después de salirte de ti mismo, y verte lo desdichado que estás, sientes lástima por ti mismo y sabes que debes levantarte y seguir, porque si desperdicias el presente pensando en el pasado, es probable que el mañana te sorprenda recordando lo que ya pasó, sin darte cuenta de que perdiste la oportunidad de vivir el hoy.
Es difícil encontrarte con una persona que no reconoces.
La vida no siempre es fácil, y pocas veces es justa, pero si no fuera así, entonces no se llamaría vida. Quizá sea consuelo de tontos, pero me gusta pensar que siempre habrá tiempos mejores, y aunque el día de hoy sientas que el mundo te come de un solo bocado, el día de mañana serás tú quien se coma el mundo y pueda levantar la cabeza y presumir que ninguna adversidad te venció, que ninguna injusticia pudo más que tu fortaleza, que ningún fanfarrón te hizo dudar de tus criterios, que nunca, a pesar de todo, a pesar de todos, te abandonaste a ti mismo.
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