jueves, 19 de diciembre de 2013

La llave para todo...

Es una sensación extraña, como si todos los días de mi vida pasaran por mi cabeza. Es demasiado lo que tengo ahí, es demasiado lo que no he borrado, es demasiado lo que creí que ya había olvidado.

Es una sensación agridulce. No puedo decir que es un sentimiento malo porque en verdad no lo es, pero hay algo que no me deja sentir esa felicidad que debería sentir por todo lo que tengo.
En realidad, es una sensación pasajera. En realidad, nunca me había sentido así, al menos no en mucho tiempo; no que yo recuerde. Pero ahora, puedo recordar muchas otras cosas más. Puedo recordar la muñeca del pastel de mis tres años o la caja de uniforme extra en el armario del salón de kinder. Puedo recordar la discusión de mis padres y su aniversario número 31. Puedo recordar mi primer beso y mi primera frustración. Choques, llamadas de emergencia a la media noche, abrazos de cumpleaños y sorpresas también. Casi nunca me han gustado las sorpresas; ni mis cumpleaños. Puedo recordar fotos viejas, la mordida de mi perro, desvelos, tareas, premios y satisfacciones. Despedidas y bienvenidas. El departamento, el mármol del cuarto de baño, tarjetas de cumpleaños y lo que imaginé cuando leí aquel libro de autoayuda que me regalaron cuando cumplí quince. Las pláticas a media noche, las amigas que ya no están. Los libros de la preparatoria y los guiones de la universidad. Las vacaciones del 93 y otros viajes de placer. Mis deudas. Mis asignaturas pendientes. Puedo recordar las ausencias y mi eterna obsesión de liberarme de aquello que no puedo. De mis intentos fallidos por no recordar aquella pérdida. Recuerdo a mi abuelo, aquella noche de octubre y la de noviembre también. Mis juguetes de navidad, mi obsesión por los hot cakes y la sopa de pasta de mamá. Mi otra eterna obsesión de rayar todo a mi paso. Lo mucho que me llena escribir y la canción que cantaba a los tres.
Las casas de las abuelas, mi empeño en aprobar matemáticas con diez y mi satisfacción de haberlo logrado. Las discusiones con mi madre a los trece. Mi miedo a la gente que bebía alcohol y mi primera borrachera. Mi reflejo en el espejo muchos años después. El sonido estruendoso de la gran manzana en NY y la impotencia de no poder comerme el mundo. El olor en navidad, los gritos de la abuela, el pasado 10 de octubre y un adiós pendiente. Mis trabajos escolares, mis clases de ballet y el regreso a casa más largo de mi vida. La lista del salón el primer día de clases, la herida de mi hermano y mi caída más vergonzosa. Mi primer amor y luego otros.
Mi máquina de escribir, mi circo improvisado y mi almohada preferida. El diario que nunca terminé, la llegada de mi amigo imaginario y mi habitación antes de ser remodelada.
Y a veces siento, que más que un cúmulo de recuerdos en mi cabeza, están oprimiéndome el pecho. Pasará, sí. Todo en este vida pasa. Todo ha pasado aunque en realidad, me doy cuenta que muchas cosas siguen aquí.
No he elegido mi origen (aunque no me molesta) pero sé que puedo elegir hacia donde quiero ir. Suena optimista, cursi y hasta un tanto trillado pero es que, creo que en realidad nunca lo había analizado del todo.

Sé que en algunos años recordaré esta época de mi vida como una de las más difíciles y complicadas en mi búsqueda de saber en dónde estoy y qué es lo que hay en mí. Quizá nunca logre descifrarlo del todo. Quizá nunca nadie lo haga. Pero, estoy segura que en algunos días recordaré esta etapa como la mejor de mi vida. La etapa en la que me caí y tardé mucho tiempo en levantarme; mucho tiempo en encontrarme dentro de una habitación de la que siempre quise salir. Puedo decir que he abierto la puerta y estoy buscando el camino. Puedo decir que ha sido la etapa más difícil y más feliz porque he encontrado cosas en mí que no sabía que tenía. Que quiero compartir conmigo misma y dejar de juzgarme por todas aquellas cosas que no estaban y nunca estuvieron en mis manos. Ha sido la etapa de mayor aprendizaje, de mayor fortaleza y riqueza emocional. La vida me ha rodeado de cosas que debo y puedo agradecer y quizá ese cúmulo de cosas que hoy invaden mi cabeza y me hacen tener esta sensación agridulce desaparecerán en poco o mucho tiempo, pero sin duda, por todos estos recuerdos sé que no quiero dar un paso atrás, al menos por mucho, mucho tiempo.

Por eso y por muchas razones más amo tanto escribir, porque lo que al principio sonaba mal, la misma escritura es la que me recuerda que no tengo más que motivos para ser feliz y entonces, olvido lo malo y vuelvo a sonreír.