miércoles, 30 de enero de 2008

El amargo del Pomelo...

Pasado el tiempo de admiración
Un hombre experto en cada mirada
Mimaba el roce de vivir
Como un ungüento de pomada.

Y seco el tallo
Seco el humor
Por cada beso una bofetada
Ya no me quieres como yo
No hay contrapeso a esta balanza

Al otro lado de la bondad
Se forja el hierro que tu demonio
ha ido cavando en mi moral.

Como el amargo del pomelo
La resaca del alcohol
A si me suena tu canción...

Yo quedo para siempre fatal
Si no me duran no me espabilo
Este romance de arena y cal
Es un castigo del destino.

Y golpe a golpe aprendo a callar
Que por la boca enredo las cosas
No tengo huevos de marchar.

Como el amargo del pomelo
la resaca del alcohol
así me suena tu canción...

Y en esta noche quiero jugar
con tus virtudes
Y mis defectos
Hacer de tripas caramelo
Y corazón de mi dolor.

A ver si aprendo a hacer de marrón
color de vida y punto de encuentro
De la esperanza una misión.

Y del amargo del pomelo
la resaca del alcohol
yo te escribí esta canción...


martes, 8 de enero de 2008

"Ley de la vida"


El día que me casé fue un día decisivo en mi vida. Mi mamá siempre me decía que sería difícil verme salir de casa, dejar de ser la familia de siempre y ver que comprometería mi vida con la mujer que amaba, ella también repetía que yo no entendería eso hasta que tuviese a mis propios hijos, y muy cierto. No entendía el amor de mis padres hasta que nació mi primer hijo. Después vinieron otros dos.

Mis tres orgullos, los tres varones y los tres mi más grande ilusión.


Deposité todas mis esperanzas en el mayor. Lo vi crecer, aprendimos juntos de la vida y hoy no sé quién aprende más si él o yo.
Durante los primeros años fue emocionante ver sus primeros pasos, enseñarle a andar en bicicleta y escucharlo decir “papá”.

Jugamos juntos basketball. Recuerdo que una temporada el juego final era padres contra hijos. Nunca había competido contra mi propio hijo, y en verdad me agradó esa sensación de libertad. De saber que en ese momento no éramos padre e hijo, éramos dos amigos jugándonos el título de “campeón”. Casi al término del partido, el balón era suyo, traté de correr tras él pero estaba claro que me llevaba ventaja de algunos años. Y la canasta ganadora fue de él, de mi hijo mayor. No era una derrota mía, era un triunfo para él y por lo tanto, un orgullo más para mí.
Era tan agradable, que se ganaba el cariño de todas las personas.

Después los años fueron llegando. Mi pequeño hijo se convertía en todo un joven, con muchas cualidades y sobre todo con muchas ganas de vivir. Con una energía que contagiaba a todo aquel que estaba cerca y realmente convencía al mundo de que era bueno vivir, que siempre había algo por conocer, por descubrir. No se comía el mundo, se lo devoraba.

Por las noches, iba a verlo dormir. Me gustaba verlo ahí… sólo respirando y pensaba en lo que le esperaba en el futuro. Me preguntaba cómo era que de día tenía tanta energía y de noche podía dormir con tanta paz. Me gustaba sentarme en la orilla de su cama y pensar que de grande sería el mejor arquitecto del mundo, que nada sería lo suficientemente grande para él y que lo imposible para él, era sólo una palabra.

Rodeado de amigos, personas que en verdad lo querían y lo estimaban por lo que era, no por lo que aparentaba ser. Era mi orgullo, y cuando lo veía sonreír, llorar, con el corazón roto o con la música en sus pies, entendía cada una de las palabras de mi madre. Entendía ese sentimiento que sólo cuando tienes un hijo, puedes saber. También sabía que algún día llegaría el momento de verlo partir, pues es la famosa “ley de la vida”.
Encontraría a la mujer de sus sueños y decidiría formar una nueva familia, encontraría su propio orgullo y le tocaría a él entender lo que yo sentía cada vez que me decía “Te Quiero”.

La Ley de su vida, fue otra. No fue casarse y tener tres hijos y muchos nietos. Su vida no fueron viajes ni la arquitectura. Mi madre nunca me habló acerca de esto. Nunca me habló acerca de perder a un hijo. Nunca me explicó qué debía sentir cuando al entrar a su cuarto, ya nada tuviera el mismo desorden del día anterior. Mi propia madre me ayudó a educar a mis hijos, me explicó cómo debía hablarles sin ofenderlos, y como resaltar sus errores y sus logros. Ella no entendía muchas cosas, y yo tampoco, es cierto, pero nunca me dijo cómo debía actuar en caso de ya no tenerlo cerca. Sabía que algún día iba a tener que dejarlo ir… verlo partir, pero para que él formase su propia vida, forjase sus propios sueños y hoy, los únicos sueños rotos son los míos.
Hoy, a dos meses de su cumpleaños número 18, no entiendo bien lo que sucede. Ya no hay ley de la vida, ni siquiera hay vida. Ya no hay futuro, ni lecciones, ni sentimientos de padre e hijo. Ya no se escucha el piano en la casa ni el balón de basketball, ya no hay pinceladas de color y a veces siento que el mundo se me viene abajo. Ese mismo mundo de sueños que él se devoraba en un instante.

Paso noches enteras en su cuarto vacío. La cama está vacía, el baño está vacío… ya no es su cuerpo el que ronda la casa, es su ausencia y nuestro dolor.

Estoy de pie frente a su cama. Observó su buró, sus medallas, sus discos sobre su escritorio y ese dibujo que nunca terminó. La canción de su hermano pegada en la pared junto al poster de Jim Morrison. Las cartas de las niñas que lo querían y los regalos de la última navidad.

Hoy, vino a visitarnos su mejor amiga. A ella le afectó la gran pérdida y aunque no es el mismo dolor que hoy me consume poco a poco, no puedo evitar las ganas de llorar. De pararme junto a ella y darle las gracias por quererlo tanto. Siempre he creído que uno no cosecha lo que siembra, son los hijos quienes cosechan todo eso, pues mientras que tú como padre notes que quieren a tu hijo, no te importa si a ti te quieren o no.

La llevo al cuarto de mi hijo y le enseñó todo aquello que para nosotros era normal y para ella era desconocido. Al irle contando la anécdota de cada uno de los objetos, el nudo en mi garganta es cada vez mayor, pero sobre todo, voy reconociendo la grandeza de mi hijo, y noto que cada momento es la última oportunidad para crear los más grandes recuerdos.

Sólo puedo abrazarla y dejar de contener las ganas de llorar. Ella llora conmigo y en un sólo momento sentimos esa tranquilidad que sólo al dormir podemos hayar.

Al ver la cama vacía, noto que sobre ella sólo hay un par de rosas blancas, y con voz quebrada sólo puedo decir “A veces vengo de noche a buscarlo… me gustaría verlo dormir como ayer… notar que sigue ahí, dormido… que respira y yo velo sus sueños. Que el día de mañana volverá a sacar toda esa energía acumulada en sus manos, en sus pies y de nuevo volverá a dormir con esa paz y esa tranquilidad. Me gustaría saber que sigue aquí y que nunca tendré que aprender a dejarlo ir”.

Mis expectativas eran tan grandes, quizá más grandes que las de él mismo. Lo único que quería era que la ley de su vida fuera la misma que la de los demás. Encontrar a una mujer que lo amase de verdad y le diera esa vida llena de dicha que yo encontré a lado de su madre; y que formase esa familia que yo había formado y que él entendiese todo aquello que sólo un padre puede sentir.

Hoy, no se si ya todo ha terminado. No sé que siga. Estoy conciente que tengo otros dos orgullos y que tengo que verlos crecer y quizá ellos sí tengan la fortuna de vivir al pie de las reglas… de esa famosa “ley de la vida”, es sólo que los hijos no se sustituyen ni se compensan unos con otros. Es sólo que no sé cómo reponerme de ésta pérdida. Es algo que ni mi madre ni nadie, me ha enseñado a afrontar.
“Duerme querido hijo, que ahora tú velarás nuestros sueños. Donde quiera que estés. Sigue bailando, sigue riendo, sigue llorando. Sigue siendo tú y sigue siendo mi orgullo. Perdóname por no querer dejarte ir. Duerme con esa misma paz, que ahora tu sueño será eterno.
Te Quiero hijo.
Para siempre,
Tu papá.”